domingo, 16 de agosto de 2009

Capote y Montera III

-Oye guapo, ¿quieres? – me dijo una negra africana al pasar por su lado sacando la lengua en un gesto obsceno. Aceleré la marcha. Ya quedaba menos.
Pasé cerca de un portal donde se apoyaba una mujer alta, al parecer española por lo poco que pude fijarme y cuando crucé a su altura, me agarró de un brazo y de un fuerte tirón me introdujo en el portal abierto.
-Oye, déjame en paz, no tengo cuartos – le dije de primeras.
La puta se sacó las tetas habilidosamente y puso mis manos sobre ellas. Se las sobé despacio y sentí que me ponía cachondo. Parecía que el dinero no le importaba así que con la derecha eché mano debajo de su falda y la retiré el tanga descubriendo unos hermosos huevos y una polla depilada al milímetro.
Fue entonces cuando caí en la cuenta de que a la puta, igual que a mí, le estaba saliendo barba poquito a poco por lo avanzado de la hora.
No pude hacer otra cosa que pegarle un empujón tirándola al suelo y salir corriendo de allí.
El jodido travelo chillaba como un cerdo en la matanza. ¡Ni que le hubiera hecho algo! Solo le había tocado los huevos por error, ¡peor me sentía yo que aquel invertido con el culo como un bebedero de ocas! Pues el muy cabrón no dejaba de gritar, de insultarme mientras yo corría y corría como Forrest Gump por las aceras irregulares y desgastadas de la calle más sórdida y siniestra del centro de Madrid.
Los chulos me miraban furiosos y más de uno de aquellos canallas hizo el amago de pararme de una zancadilla, pero la borrachera se me había esfumado al pinchar en hueso y en esos momento hubiera sido capaz de correr hasta el Bernabeu y aún hasta Plaza de Castilla, máxime cuando me empezaron a perseguir dos de aquellos individuos. Pensé en parar y explicarles lo sucedido, pero sabía que con aquel tipo de gente no cabían palabras ni explicaciones y si el empalmar navajas en un santiamén.
Nunca había estado en los San Fermines, pero seguro los mozos de los encierros corren con las mismas ganas y el mismo miedo que yo lo hacía en aquellos momentos.
Tenía mucho apego a la virginidad de mi culo, pero más aún a mi integridad física, así que corría y corría como alma que lleva el diablo.
No recuerdo como crucé Gran Vía, si los semáforos estaban verdes, rojos o azules, ni cuanto tardé en llegar al parking y encontrar el coche de Carlos. Solo sé que cuando me apoyé en el capó de su Ford, se me salía el corazón por la boca y sentía morirme. Me desabroché la camisa y agachado al lado del automóvil vomité las gambas, el ribeiro y todo lo que mi estómago no había logrado digerir hasta ese momento.
Maldije mi mala suerte y me senté en el capó. Comencé a sentir un intenso dolor en los pies.
¡Vaya faena torera! Herido de gravedad, desplante delante del toro y ni orejas ni rabo. Bueno, rabo sí, ¡menudo trofeo!

domingo, 2 de agosto de 2009

Capote y Montera II

Como no, me quedé sin tetas, Carlos aprovechó su lengua hablando con aquella hembra y supongo que después para otros menesteres más íntimos.
Solo sé que las americanas me pedían demostraciones de pases de pecho y yo las agarraba del culo y las arrimaba bien el estoque al ritmo de las rumbas de Chalay o de Travilis. Las dos orejas y el rabo, ole por mí.
Las jarras de sangría corrían sin parar y el calor derivado de aquel líquido sin identificar encendía poco a poco los ánimos y las mejillas de las dos féminas.
-Mira Oscar, aquí tenemos claramente definidos los 2 tipos de americanas que se pasean por Madrid. La tetona solo quiere probar como follan los indígenas españoles, esos que pasean en toro y van vestido todo el día como Juanito Valderrama. La otra, la que entiende español, seguro que conocerá toda la obra de Lorca y te preguntará miles de esas cosas que a ti te fascinan sobre literatura y mierdas así. La diferencia es que esta noche yo voy a follar y tú acabarás en la cama haciéndote una manuela. – me soltó Carlos del tirón apestando a sangría y riéndose como un energúmeno mientras las yanquis visitaban el baño del local. Sea por lo que sea, las mujeres van juntas al servicio aunque sean de la China.
Yo me limité a asentir y a sonreír a mi amigo. No por leer a Lorca aquella chica delgada y de labios gordezuelos iba a ser una estrecha. Carlos tenía de psicólogo lo de yo de cura. Así que empecé a soltarme con la americana hasta que la arrimé demasiado la espada de matar y me llevé una cornada en toda la jeta. El cabrón de Carlos iba a acertar su pronóstico en el peor de los momentos.
Así terminó la noche para mí, cogiendo un taxi hacia casa mientras mi colega se alejaba con la rubia del brazo, como en la canción de Estopa.
Miré la entrepierna del oso de la Puerta del Sol. Recordaba haber leído en Internet o escuchado en algún programa que había surgido la polémica de si el bicho que trepaba al madroño con apetito voraz era macho o hembra. La verdad es que la gente se aburría demasiado en su tiempo libre y perdía el tiempo en discusiones tan absurdas como inútiles. Un oso siempre era un oso, cuanto más peludo más hermoso. Me reí de mi ocurrencia y lamenté que no hubiera nadie cerca para decirla en alto.
Me decidí por fin a iniciar mi largo y tortuoso camino hacia Tribunal. La ruta más rápida era atravesar la estrecha callejuela empedrada y peatonal de La Montera.
Madrid había cambiado mucho desde mi marcha, excepto en las zanjas. Apenas se podía caminar por las aceras de la capital sin esquivar vallas amarillas rodeando algún agujero. Muchos defenderán la posición de que esto significa que la ciudad vive, crece, se transforma como un gigante de acero y hormigón. En Sol estaban construyendo un gran intercambiador subterráneo que afeaba el paisaje de la plaza, pero que era necesario para que las hormiguitas de dos patas que todas las mañanas cruzaban el centro de Madrid pudiesen desplazarse más rápido de sus casas al trabajo.
Montera estaba dividida justo mitad por mitad por chapas metálicas y redes verdes de obra.
Me decanté por el chiquero de la izquierda.
La calle bullía de extraña actividad, inusual a aquellas horas en otras calles de Madrid. El reloj más famoso de España, el de Sol, anunció las 4 de la mañana con voz metálica. Aún me costaba andar en línea recta y los zapatos me apretaban los talones peligrosamente.
Según avanzaba iba descubriendo en el hueco de los portales y apoyadas en los árboles mujeres con bolso en la mano y cara tunante: las putas de La Montera.
Entre ellas, se veía de vez en cuando a alguno de aquellos chulos asquerosos, en su mayoría sudamericanos o de raza rumana. Hablaban con las putas a voces, formando corros y fumando sin parar como chimeneas ennegrecidas.
-Menudo meneo lleva el moreno – le dijo una rubia con ojeras a su compañera mulata. La otra no hacía otra cosa que reírse y que llamarme a las espaldas. Lo mejor era mirar al frente y caminar con paso firme, aunque el mío fuera vacilante y haciendo eses.

P.D. Toda esta historia es producto de mi imaginación, ni nombres ni situaciones son verídicas. Es lo más duro de escribir algo ficticio, que siempre te preguntan si te ha pasado en primera persona. Rotundamente NO, sino solo lo sabría mi confesor y mi Pepito Grillo particular.